¿Qué más ha de pasar en Centroáfrica?

La situación continúa siendo… ¿caótica?, ¿preocupante?, ¿desestabilizadora?, ¿aterradora?… distintos calificativos, según nuestra posición o los intereses de quien ponga el calificativo. En cualquier caso y dependiendo de la sensibilidad de cada uno lo que no varía es la situación totalmente injusta e inhumana, en la que viven atrapados los cuatro millones de habitantes que  permanecen a merced de los grupos Seleka que han tomado la totalidad del país como rehen, mientras no satisfagan todos los intereses que les llevaron a ocuparlo oficialmente, el pasado mes de marzo.

El país continúa paralizado a nivel económico y arrasado a nivel administrativo. La preocupación entre los países de la regíón va en aumento por el vacío de poder y por la creciente y muy marcada islamización del país.

Y entre todo esto, la gente ha de continuar viviendo y enfrentándose a la violencia día a día. En Bangassou, un grupo de Cáritas EEUU que estaba en la zona, fué tiroteado la semana pasada resultando dos heridos. El incendio de aldeas enteras, el robo en los domicilios con la excusa de buscar armas y las violaciones son constantes.   La noticia de las 6.000 personas refugíandose en el aeropuerto de Bangui, (protegido por las tropas francesas como primera medida de salvaguardar sus intereses) para escapar de los saqueos y violencia a que eran sometidos por uno de los muchos grupos incontrolados pero bien armados que circulan libremente por los barrios de Bangui, es sólo uno de los muchos episodios que a diario sufre la población y que consigue hacerse hueco en algún periódico. Con más de 200.000 refugiados, con unas expectativas de vida de 49 años que actualmente está descendiendo debido al aumento de enfermedades y a la malnutrición… ¿qué más tiene que suceder para que la comunidad internacional se movilice? ¿que violen a todas las mujeres del país? ¿que mueran por malnutrición todos los niños pequeños? ¿Que enferme a la vez toda la población?… yo creo que aun así, solo ocuparía la cabecera de los telediarios de la 2 y en cualquier caso detrás de alguno de los muchos casos de corrupción.

Realmente son noticias molestas las que nos llegan de allí, ¿no os parece?

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Desde la otra orilla

DESDE LA OTRA ORILLA

De igual manera que para caminar ligero necesitamos desprendernos de todo el exceso de peso que llevamos encima, para acercarnos a convivir con ellos y comprender mejor la  manera de ayudarles,  se hace imprescindible despojarnos de nuestra creída superioridad, de nuestras ansias de éxito, de efectividad… de buenos resultados.

Siempre cuando pensamos desde aquí, en alguna necesidad que ellos nos  han transmitido y nos  ponemos en marcha movilizando a otras  personas para que  nos ayuden a encontrar la manera de solucionarla, lo hacemos inevitablemente desde  nuestros esquemas; convencidos de que es lo mejor para ellos y con  una visión del proyecto a realizar, muy ceñido desde nuestra posición  para realizarlos con éxito en unos tiempos y con unos resultados muy concretos.

No son  descabellados ni caprichosos los proyectos realizados ni tampoco los que actualmente están en marcha. La construcción de una escuela, un quirófano o una maternidad, siempre es una bendición en aquélla tierra; conseguir las medicinas para luchar contra el sida o los alimentos para evitar la muerte o malnutrición de muchos niños, es de justicia; acoger en hogares a niños huérfanos o ancianos desprotegidos y acusados de brujería, y tratar que tengan una vida digna, es propio de hermanos e hijos del  mismo Padre; y así proyecto tras proyecto.

Pero cuando llegas allí y pasan los primeros días,  semanas e incluso meses, te  das cuenta que efectivamente urgen todas esas cosas, pero que allí cobran otra dimensión muy  distinta a como las hemos concebido aquí.

No solamente es el lenguaje la primera gran dificultad. Lo que desde aquí es esfuerzo y donación, a veces se ve desde allí como un deber por nuestra parte y una  obligación; o al menos, ellos no lo valoran al recibirlo, como esperamos.  Lo que nosotros sentimos como una necesidad acuciante, quizá no se vea desde allí tan necesario,  pues han pasado toda la vida sin ello. Nuestros proyectos nacen para durar en el tiempo y que sean gestionados por ellos, pero olvidamos que para muchos de ellos el futuro es hoy y por tanto les cuesta comprometerse con  responsabilidad en el tiempo.

Todo esto puede ser desolador y desanimar a muchas personas que generosamente colaboran con la Fundación. No es esa mi idea. Trato de hacer un poco más  visible la dificultad con la que nos encontramos todos los que vamos a hacer cualquier tipo de trabajo allí y a no  juzgarles tan deprisa. Después de siglos y siglos de vivir con unas costumbres que apenas han evolucionado, es  muy difícil pretender que en poco más de 50 años piensen, obren y actúen como nosotros, y eso siempre pensando que lo nuestro sea lo bueno.

Como ejemplo, una breve pincelada de mi  vida diaria en la Escuela Técnica, a donde llegué pensando que en unos días todos los alumnos iban a aprender infinidad de cosas. Todas las mañanas de lunes a jueves, desde las 8:00h hasta las 12:00h entre ocho y catorce alumnos y alumnas se esforzaban por  entender mis enseñanzas sobre la artesanía y las manualidades de manera que les pudiera facilitar algún modo de vida comerciando con ello. Tanto ellos como ellas se habían apuntado para aprender y me mostraron su interés el primer día. La primera dificultad se presentó ante la imposibilidad de localizar las materias primas con las que hacer los trabajos. Explicar conceptos como la proporción o la simetría, tan normales para nosotros, también fue difícil. A partir de ahí,  había de todo. Alumnas que no sabían nada de francés con lo que se me hizo muy difícil la comunicación con ellas. Otras venían con su bebé, lo que desviaba mucho su atención. En cuanto yo paraba un poco o no captaba su atención, especialmente ellas se dormían sin ningún reparo sobre el pupitre, debido a que habían madrugado y trabajado mucho antes de venir. Los chicos salvo excepciones no eran distintos y en general tanto ellas como ellos, mostraban mucho interés por todo  lo novedoso y se dedicaban con ahínco,  pero les faltaba fuerza de voluntad para  continuar o repetir para perfeccionar. En general les cuesta salir de lo que han venido haciendo generación tras generación. Necesitan ver y experimentar que algo es posible y beneficioso para ellos. Es un proceso  largo e imposible de medir con nuestro valor del tiempo y del éxito, pero yo estoy seguro que a pesar de todo les fui útil.

Es importante ayudarles, pero desmontando al mismo tiempo  la idea de que todas las soluciones les deben llegar de los blancos. Que nos vean trabajar y sudar para conseguir las  cosas, como  ellos. Hacerles ver, que con su ayuda y sus conocimientos lo hacemos mejor. Enseñarles que pueden trabajar en común para ser más efectivos y más fuertes. Que ellos  tienen también parte de responsabilidad en todo lo que ocurre a su alrededor…Decirles que su futuro se lo están jugando hoy aunque no sean ellos los protagonistas…

Es tanto lo que está por hacer, que  nuestros esfuerzos allí pueden verse como pequeñas gotas que no calman la  sed; pero a pesar de todo yo estoy seguro de que ellos y nosotros nos hemos beneficiado con el intercambio de experiencias y de vida que hemos tenido. Cuando volvamos no  seremos los mismos que salimos precipitadamente. Nos acercaremos a ellos como el amigo que aconseja y acompaña, y no,  como el maestro que impone y examina buscando un buen resultado.

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SIRIRI NA NGUIA La casa de cooperantes

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La casa de cooperantes de Bangassou: SIRIRI NA NGUIA (Paz y Bien),  nuestro hogar africano.

No éramos los  primeros cooperantes que llegábamos a Bangassou, pero sí tuvimos la gran suerte de ser los primeros en habitarla, y desde el principio Inmaculada tuvo claro que necesitaba un nombre por el que todos la conocieran. Iba a ser nuestra casa y tanto Henar como yo apoyamos la idea. Más que una casa, iba a ser nuestro hogar durante una larga temporada y  necesitábamos un nombre cargado de contenido, una casa de puertas abiertas que hablara de  nosotros y fuera para nuestros vecinos una clara señal de lo que queríamos vivir con ellos. Por nuestra parte, siempre hemos querido que todos los que entren en nuestras casas, se encuentren bien acogidos y a gusto. Que encuentren la paz.

Nuestra  casa era diferente. Y no lo fue solo por el pequeño jardín que preparamos alrededor, ni por los dibujos que hicimos enmarcando la puerta o el porche,  ni por el nombre escrito en la pared por lo que llamó tanto la atención. Lo realmente extraño fue nuestra presencia entre ellos. Que como unos vecinos más, compartiéramos su espacio, que nos sentáramos a la misma  sombra bajo los mangos, que utilizáramos los mismos caminos para ir al mercado, que jugáramos con sus hijos, que les  pidiéramos ayuda para encender el fuego, que cocináramos sobre las tres piedras como ellos…, que fuéramos unos vecinos más.

Siriri na nguia ha sido una corta experiencia. Una escuela de vida en la que tanto ellos como nosotros, los tres cooperantes, hemos aprendido el valor y la fuerza de la simple presencia para todos aquéllos que nunca esperan nadie a su lado;  el valor de los gestos agradables cuando faltan las palabras;  la disponibilidad y la escucha para quienes nunca han sido atendidos, el valor de la palabra amiga para quien se encuentra solo y perdido, el valor de un abrazo y una caricia para quien ha sido acusado y despreciado por  todos…

Hemos aprendido  a dar otro valor a las cosas. A no juzgar de antemano. A dejar que la  vida vaya haciendo su trabajo en nosotros sin prisas. A no ser arrogantes creyéndonos mejor que el otro. A agradecer lo que generosamente nos ofrecen. A ser mejores.

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De vuelta a la seguridad.

De vuelta a la seguridad que da estar entre  lo conocido, entre familiares y amigos, con  nuestros seguros de enfermedad, nuestra pensión mensual, nuestra  agua corriente, nuestra electricidad ,  nuestros medios de transporte, nuestra calefacción, nuestro aire acondicionado, supermercados y parroquias con amplios  horarios para elegir…, me da un poco de vértigo y me siento abrumado , desbordado y  avergonzado.

Salimos de República Centroafricana huyendo de la sinrazón y de la avaricia encubierta de muchos (empresas, corporaciones, estados,  dictadores…), que no permiten que este país salga adelante. Cada 10 años  aproximadamente ocurre algún episodio que le vuelve a hundir en la oscuridad  y le hace retroceder. Un país con  un deficiente sistema sanitario que  no  llega a todos, sin personal y sin medios; un sistema educativo no asegurado por la falta de salarios a los  profesores y que permite comprar los títulos, sin medios de transporte, sin información. Un país en el que la mujer y los niños son mano de obra barata para el hombre. Atado a creencias de espíritus y brujería de manera que llegan a prevalecer sobre la razón o el afecto.

Sólo hemos estado seis  meses, pero suficiente para llenarnos de recuerdos, de nombres, de rostros…, de personas concretas con las que hemos convivido, que nos hemos  saludado cada mañana, que nos han abierto su puerta y nos han hecho  partícipes de su realidad, que nos han contado  cómo pasan hambre,  cómo no tienen para enviar a sus hijos a la escuela o  para llevarles el  médico, que hemos reído y comido juntos…, gentes que han creído en nosotros y que para muchos de ellos somos  su esperanza de algo mejor.

Hace poco leía que República Centroafricana era considerado el país más triste del mundo, y quizá sea esa la  imagen que se queda para muchos después de todos estos acontecimientos, pero yo creo que no es así,  aun en los momentos de más dolor tienen una palabra de agradecimiento y saben esbozar una sonrisa.

A continuación, unas cuantas fotos de esa otra  cara de República Centroafricana que hablan de la  amistad, de  belleza, de paz  de futuro.

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20 de Marzo, último día en Bangassou

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Hoy, si todo sale como está previsto, pasaré la noche en Bangui. Amanece el día muy tranquilo. Son las 5,30h. Hoy no quiero sobresaltos ni nada que pueda enredar mi salida. Lavo mi última ropa. Saludo y me despido otra vez de los vecinos. Organizo y decido qué cosa llevar en cada bolsillo. Voy a tope, el pantalón con todo lo que en él llevo pesa bastante. Me acerco por la Catedral para llevar unas cuantas cosas más en nuestras maletas. El abbé Alain me dice que irán en el camión de Cruz Roja a Bangui. Es un alivio porque descargo unas cuantas cosas. Grace y Achille, otro empleado del garaje, están intentando poner en marcha al menos dos de las motos que se abandonaron como viejas y estropeadas hace ya algunos años. Todos confiamos en que lo conseguirán.

Vuelvo a casa a dar un último adiós a todo, Kutu-kutu incluido. Son las 11,30h y todo está en calma. Por un momento me encuentro muy solo. Frente a frente Bangassou y yo. ¿Qué dejo en estos seis meses? ¿Qué me llevo? ¿Es un hasta siempre o es un hasta luego? Nunca pensé en marchar abandonando todo de esta manera. Me voy triste por la situación que dejo. Aunque las pérdidas materiales han sido grandes, no ha habido daños personales salvo la paliza a Jean Marie; bueno, siempre puede quedar alguna ruptura, desconfianza o desánimo en las personas como grupo humano. La gente no supo hacer frente y dar una buena respuesta desde el principio. Yo, al menos, me he encontrado bien estando con ellos y haciéndome visible para todos en unos momentos difíciles y en los que se han sentido totalmente desprotegidos. He notado su agradecimiento y me hace bien.

Son las 12:45 y vamos a comer. Grace me dice que en el aeródromo los rebeldes no me dejarán sacar las fotografías. Así que, quito la tarjeta y me la guardo dentro del calcetín y la máquina de fotos entre el equipaje.

Al terminar de comer, Grace apareció sobre una Mobilete dando la vuelta de honor. ¡Había conseguido poner una en marcha! También conseguirían poner en funcionamiento la Suzuki, seguro.

A las 13,30h en el viejo coche de Sor Teresa, el abbé Alain me llevó hasta el aeródromo. Grace nos acompañó. Llegamos los primeros. Al rato llegó el camión de Cruz Roja con el combustible para el avión.

El avión aterrizó. Se bajaron a estirar las piernas cuatro jóvenes y una mujer, todos ellos africanos. Sin equipaje. Surgen problemas para hacer bombear el queroseno, pero por fortuna, Grace interviene y consigue que todo funcione como es debido. Finalizada la carga, oímos las voces y el ruido del motor del coche de Seleka, llegando al aeródromo. El representante de Cruz Roja, nos pidió a todos que subiésemos al avión rápidamente para evitar problemas. Ya arriba, con los motores en marcha, despegamos a las 14,45h

Aterrizamos a las 16,10h en Bangui. A pie de pista, me esperaban Inmaculada y el abbé Fidèle, en la Maison Saint Pierre Claver, Henar y Juanjo.

Me recibieron entre besos, abrazos, cerveza, lomo, chocolate, pasteles…con los oídos muy abiertos para escuchar poco a poco todo lo que les iba contando.

A las 22h nos fuimos a descansar. Necesitaba descansar sin temer a ladrones, ruidos de motos, coches, disparos…Había cerrado una página. No había sido un sueño. Inmaculada me agarraba fuertemente la mano.

Todo lo que aquí cuento son hechos vividos en estos días durante el asalto y posterior saqueo de los rebeldes del Seleka a Bangassou. Es posible muy posible que haya alguna imprecisión en lo que cuento, fruto de la emoción  vivida y que traté de escribirla al momento. También de los rumores que constantemente escuchábamos. En cualquier caso he tratado de narrarlo como  yo lo viví momento a momento.

En el momento de  terminar de pasar lo escrito al ordenador, es domingo 24 de marzo  y estamos en Bangui a 300m  del palacio presidencial de Francoise Bozizé y está siendo atacado.

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19 de Marzo en Bangassou

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Hoy es el día de mi partida. Desayunamos los cuatro, Grace, Rodrigue, Peter y yo. Grace trajo café y tenemos el azúcar y la leche destinada al popoto. Lavo mi última ropa para dejar el “pon” limpio y ponerme el “quita” del viaje. Subo a despedirme de Sor Julieta por tercera vez. Me confirma que en el quirófano y en sus salas no han roto ni quitado nada hasta ahora. Tiene bastantes medicinas y ya ha contactado con unos treinta enfermos  a los que cita y les da el tratamiento para tres meses para que lo sigan en su casa. Sigue muy asustada con la situación del país. Ayer los rebeldes retuvieron a cinco ministros en Sibut. Piden que abandonen el país los soldados sudafricanos y si no es así atacaran Bangui en un plazo de 72 horas. Sus hermanas quieren partir al Congo y solo les retiene el que Sor Julieta dice que ella no va. Ayer mismo, subieron dos veces con las motos a molestarlas. En una de ellas quisieron llevarse el coche y en la otra querían llevarse a una de las hermanas. En esta ocasión, como tienen a seis jóvenes guardianes, éstos comenzaron a gritar y pitar de manera que los vecinos, esos que antes les habían venido robar,  acudieron a defenderlas e impedir los robos. Parece que volvía la cordura al barrio. Renacía la esperanza del cambio.

Comenté con Sor Julieta que sus hermanas de Rafaï, habían regresado desde Zemio, cosa que ellas no sabían, y les alegró mucho la noticia. Me encargó que comprase linternas para los guardianes. De camino a comprar las linternas, me encontré con Grace que subía a Bangondé a buscarme, pues hoy llegaba uno de los jefes de Cruz Roja y era posible que quisiera verme para valorar mi partida. El compraría las linternas.

Ya en la Catedral, apareció el responsable de Cruz Roja y me confirmó que estaban dispuestos a evacuarme, pero antes debía yo autorizarle a que él pidiese en mi nombre a Seleka, el permiso para salir de Bangassou. A las 12,30h, regresó con la noticia de que aceptaban mi salida de Bangassou pero para mañana, día 20. Y aquí estoy de nuevo en casa, empezando por cuarta vez la cuenta atrás. Es desesperante.

Estaba esta mañana en la Catedral, cuando llegó un coche Seleka, con ocho personas con turbantes y uniformes militares o vestidos a la africana pero muy bien armados. El abbé Alain maneja muy bien la situación y se mueve entre ellos como pez en el agua. Hoy me ha sacado para comer pensando que era vino, un brandy Napoleón, Gran Reserva Especial, fabricado en Montilla, que le había regalado el coronel de la Seleka.

Al mediodía, Peter me ha regalado un mango. El primero que como en Centroáfrica. Lo ha cogido de un árbol en el aeródromo, el hombre intenta corresponderme como puede. Pocos días antes me había traído también un aguacate. Mientras esperaba a los de Cruz Roja he seguido con atención la Misa del Papa Francisco. Me ha gustado, aunque ha sido todo tan solemne como siempre.

Por la tarde, a las 15,45h salí de casa para ir a Bangondé a llevar una de las linternas que había tenido que cambiar Grace porque no funcionaba. Fui bordeando el Orfanato Mamá Tongolo, y por los caminillos que llevan a la escuela abandonada, atravesé el barrio de los pastores, también abandonado, y subir la cuesta soleada que enlaza con el camino a Maliko. Subiendo la cuesta oía griterío y silbatos, pensé al pronto que era un partidillo de fútbol, pero enseguida caí en la cuenta que podrían estar intentando robar de nuevo en la casa y lo que escuchaba, eran los gritos y pitidos de alerta.

Yo, por si acaso, me salí del camino y en la última desviación a la derecha que ya se ve la casa, me oculté agachándome entre la vegetación. Se acercaron dos personas hacia donde yo estaba. Yo me aplasté contra la maleza. La camisa de tonos azules no ayudaba mucho a pasar desapercibido, pero charlaron y se marcharon. Me incorporé un poco y pude ver alrededor de la casa a algunos jóvenes  con machetes y grupos de gente que se acercaban por el campo. Hablaban todos en alto, pero yo no entendía nada ni veía a ninguna hermana. Me acerqué un poco más al camino para divisar mejor y vi que una moto se acercaba y paraba justo a dos metros de mi. Yo, afortunadamente, ya me había aplastado una vez más contra la maleza. Eran tres personas. Dos militares Seleka con turbante y otro vestido con ropa deportiva. Éste se bajó, y en ese momento pensé en todo, desde que me habían visto,  hasta que me iban a mear encima. Al momento, la moto se puso en marcha de nuevo y yo como llevaba todo el dinero y la documentación encima, y realmente había pasado miedo, decidí volver lo más rápida y discretamente posible a casa.

Ayer,  las hermanas, tuvieron otro episodio parecido.

Por la noche cocimos el pan que había preparado Grace y cenamos los cuatro que veníamos siendo habituales, Grace, Rodrigue, Peter y yo. Preparamos un arroz blanco con pisto a base de tomate, berenjena y plátano. Charlamos un rato al fresco como cada noche y a las 21h estábamos en la cama.

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18 de Marzo en Bangassou

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Ya una semana de pesadilla. Grace se levanta temprano para ir a casa de Celestine antes de que se vaya al campo a trabajar. Desayunamos en casa Peter y yo. Conseguidas las claves de las maletas de Henar, meto en ellas todo lo que hay por en medio. Hago la colada de Grace y la mía. Vienen Julius y Grace a desayunar y después parten a localizar un gato hidráulico para quitar todas las ruedas de los coches recuperados antes de que las vuelvan a robar. Cuentan que la gente está regresando a sus trabajos y que los rebeldes han ido abandonando algún coche por la carretera cerca de Kembe. Se marchan y aparece Rodrigue, viene del campo y le preparo otro café. Han  localizado un gato y se marchan los tres al garaje a quitar las ruedas.

Hoy viene a saludarme el abbé Benjamín y a interesarse por los paneles solares. Le acompaña el abbé Ludovic. A lo lejos se escucha el avión de PAM. Son las 10,30h.

A las 12h viene el abbé Joseph a saludarme. Su bici la recogerá Rodrigue esta tarde.

Hoy comemos en la Catedral. Sólo nos queda en casa pasta y lentejas. Marie, hoy me ha traído dos huevos para que coma algo, y me consta que a ella con sus siete hijos no le sobra . Hace unos días me trajo también tres huevos y seis naranjas para que se los llevase a Inmaculada a Bangui.

Como ayer decía sor Julieta a sus hermanas antes de dejar la casa sola, para bajar a Misa: “los más pobres son los que están más tranquilos porque no tienen nada; cuanto más poseemos, más intranquilidad y más miedo. Dejemos la  casa y bajemos a Misa.”

Hoy Grace no ha comido conmigo en la Catedral. Se ha ido con Julius y Rodrigue a casa para que comiesen también ellos algo tras haber estado trabajando duro toda la mañana en el garaje.  Se han repartido unas lentejas que quedaron anoche. Era ración para uno, pero han comido los tres. A veces no comprendo, por qué habiendo sitio y comida de sobra en la mesa de la Catedral, no se les ha invitado.

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